colt

A lo cowboy

Se lava la cara a lo cowboy. Cinco gotas de agua que estira sobre su rostro, casi hasta evaporarlas. Más bien se hace una película de barro fino. Un asco. Aunque ya se siente animado para empezar la mañana. No hay ser al que le dure tanto tiempo una prenda (puesta). Un sin techo del desierto. Cambiarse el pañuelo es ponerse un traje nuevo. Habla a lo cowboy. No le salen las palabras como un cardumen. Modula bien pero en diferido. Tiene una lista de monosílabos, que existen y que no. Usa la lista a mansalva. No da explicaciones. No le da culpa. No quiere agradar. Quiere ser efectivo. Puede estar tan quieto al sol que un lagarto se pondría impaciente. Fuma un cigarro grueso, corto y muy rendidor. Su boca es una babosa que se contonea a pleno durante la labor tabáquica. Fuma a lo cowboy. No tiene mascota, ni esposa. Madre no se sabe. Casa no se sabe. Hijos no lo sabe. Tiene un caballo que premia con palmadas impares. Acariciar no le sale. El animal suma más horas en contacto con el agua que él mismo. Monta a lo cowboy. No sería un humano sin su animal. El tiempo pasa veloz sólo cuando galopa. Y cuando desenfunda. Desconoce la ansiedad desbocada para que le llegue algo. Llegar, llega a los pueblos. Sin premura. Reloj no tiene. El último que miró fue el de la torre de la iglesia, la tarde que salió de la cárcel. Mide el tiempo con la familiaridad del solitario. Mide la vida en días y en leguas. Su existencia es un cuadro de doble entra da: arriba días, a la izquierda leguas; en los casilleros: pueblitos, bares, mujeres, botas, colt, tabaco, ganado. El sombrero duerme lo que él duerme y donde él duerme. Medio metro es lejos. No se vuela, no se pierde, no se negocia. Es lo único que se sacude si se ensucia. Se sacude a lo cowboy. Las arenas movedizas le jugaron una mala pisada. Esa tarde venía borracho. Casi muere chupado. Los amigos son raros. No se los ve en varias temporadas. Y cuando los encuentra no quedan en nada. Es para pedir o devolverse un favor. Puede ser un indio que no habla su idioma, un viejo encorvado que vive solo en medio del desierto, un ex alguacil, el único que sabe que él mató a su propio hermano. Si la soledad lo enfrentara, podría tener una mascota. Sería un hurón, al que le tiraría sobras del fogón. Un fogón bien a lo cowboy, dura toda la noche sin que se lo cuide y quema troncos demasiado gruesos para un paisaje desértico. No se tentaría en llevar consigo al hurón. Anda meses arreando animales. Duerme vestido y boca arriba porque siempre está por levantarse. Una serpiente cascabel, el alba, un indio celoso, la justicia injusta: los peligros inminentes amarrados a su vida. Puede al unísono, de un salto y un disparo, anular la existencia de otro. No importa la cultura ni el mapa genético que tenga. No hay religión que culpe, ni dios al que rezar. De rodillas, rogó que no lo mataran. Era joven. De milagro lo perdonaron. Así en la tierra como en el duelo. Los dedos de pianista le sirven para levantar las cartas de póker, desenfundar y gatillar. No toca el piano, ni a lo cowboy. Sale ileso la mayoría de las veces, porque sabe tirar o encuentra piedras grandes que lo resguarden. También sabe contar. Hasta seis, que es el número de balas que entran en el tambor de la colt ajena. Y en la propia, pero no hace falta que cuente éstas. Cuando las suyas suenan está ocupado en hacer puntería y en recordar los trucos que lo mantienen vivo. A pesar de los avatares pistoleros vive hasta los cincuenta y seis. Un promedio. Un día nublado cualquiera no tiene tanta suerte. Y no se despierta de un salto en la madrugada, dibujando un arco de medio punto. Y no apunta bien bien. Y los dedos no danzan como los de Richard Clayderman, se chocan entre sí. Y no se deslizan sobre el gatillo, se agolpan en la desesperación por darle a la coma metálica. Tampoco encuentra la piedra guarecedora, así de fácil, como si la tuviera atada. Y omite contar la bala cinco. De la cuatro salta a la seis y sale. Lo sorprende la seis. Cincuenta y seis. Murió en promedio. Salió a lo cowboy. A la cabeza el cincuenta y seis.